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domingo, 20 de mayo de 2012

Significa lo mismo


Se acercó a él y lo miro.

-Hablo en serio.

-¿Qué quieres decir?-dijo él un poco confundido.

-Sabes lo que quiero decir, me gustas y no puedes hacer nada para cambiarlo.

Se movió un poco incomodo, le encantaba hablar con ella pero ese no era un tema de conversación que quisiera tocar del todo.

-Mariana por favor, no hay que hablar de eso.

-¿Por qué no? Es un tema que deberíamos de discutir seriamente.

-¿Para qué? Todo esto, es…

-No lo digas.- dijo ella con una mirada desafiante. El desvió la mirada y siguió hablando.

-Bueno entonces, como te decía. Cuando prendí la tele el programa ya se había acabado, entonces mi papá agarró el control y cuando le cambió…

Ella se levanto y caminó hacía la puerta.

-¿A dónde vas?

-Cállate.-dijo sin voltearlo a ver y saliendo del cuarto.

Él escuchó como azotaba la puerta y luego la habitación se inundo de silencio.

¿Por qué se enojaba? Eran amigos, no tenía por qué enojarse, ni siquiera había pasado nada entre ellos, ni un beso, ni una agarrada de la mano, nada. Se levantó para mirar por la ventana a ver si alcanzaba a verla pero había desaparecido.

Ni siquiera se había llevado sus cosas, su bolsa y su celular seguían ahí, lo que significaba que en algún momento tenía que regresar por ellos, entonces podría seguir hablando con ella.

Pasaron cuatro horas para que ese momento llegara.

Cuando Mariana abrió la puerta lo miró.

-Uhmmm, sigues aquí.-dijo sin poder evitar mostrar su desprecio.

-¿Cuál es tu problema?-le dijo desesperado.

-Ninguno, sólo se me olvidaron mis cosas aquí, pero pensaba regresar cuando no estuvieras.

-Bueno pues aquí estoy.

-Sí, ya me di cuenta. Lamentablemente.

-Ahora resulta que me odias.

-No te odio, sólo me eres indiferente, no es lo mismo pero se parecen.

-Hace cuatro horas te gustaba.

-Sí, hace cuatro horas.

-¡Vamos! No puedes cambiar de opinión tan rápido Mariana.

-Sí puedo, soy mujer, la naturaleza me ha concedido ese derecho.

El la miró con cierta confusión, ella se limitó a sonreír y a recoger sus cosas.

-Bueno si me disculpas, tengo cosas importantes que hacer.

-No es cierto.

-Tienes razón, pero se me hizo muy descortés decirte que ya no quería estar aquí.

-¿Por qué haces esto?

-¡Que no estoy haciendo nada! Deja de insistir Alejandro, sólo vas a hacer que me moleste más.

Él se levantó para acercarse a ella, pero ella empezó a caminar a la puerta.

-Igual no es tan importante, no te sientas tan especial, no eres el primero ni el último al que le digo eso, sólo quería tomar el primer paso yo, ya que tú nunca te atreverías a hacerlo. Pero ya entendí que no era eso, simplemente era que no te llamo tanto la atención.

-Ahora resulta que sabes hasta lo que pienso.

Ella se rio, antes de abrir la puerta se volteó.

-No, y no puedo decir que te conozco lo suficiente, pero tengo como que ese sexto sentido, eso también me lo dieron por ser mujer.

-Esta bien Mariana, tal vez si me gustas, pero me da hueva todo eso de gustarse, salir, esas cosas. Esta padre eso de ser amigos, ¿por qué complicar las cosas?

-Nadie esta complicando nada. –Dijo ella sosteniendo la puerta.-  Bueno tu sí, porque sigues insistiendo con el tema a pesar de que te dije que lo olvidaras.

-Ya pues, tienes razón, si te vas a ir ya vete, antes de que diga otra pendejada.

-Muy bien.

Cerró la puerta tras de ella y después se oyeron sus pasos resonar en el pasillo, hasta que el eco se volvió inaudible y una vez más el silencio se apoderó de la habitación.

Y se había quedado solo. Una vez más, a pesar de que esta vez se había jurado no dejar ir a la persona, y que daría todo por que las cosas no terminaran como siempre. Pero al parecer no podía, las cosas simplemente no funcionaban así en su vida, él simplemente esperaba que todo fuera manejado por alguna fuerza externa, como si las cosas se dieran a su favor y él no tuviera que hacer nada, sólo disfrutar de lo que le daba la vida.

Le hubiera gustado estar con ella. Tal vez las cosas no hubieran sido como la película de su vida que se había imaginado, pero estaría con una persona con la que podía pasar el tiempo sin importar de que hablaban. Se sentía extraño con el simple hecho de imaginarse abrazándola o besándola, era algo que no podía concebir, nunca había pensado en ella de esa manera, pero en ese momento parecía una muy buena idea.

Lamentaba que el tiempo no le alcanzara ¿De qué servía luchar por alguien si realmente no se tenía la intención de estar con esa persona por mucho tiempo? Lo que él buscaba era una relación de verdad, algo duradero, no algo de sólo tres meses y ya. Pero no tenía tiempo, sus planes a mediano plazo habían hecho que su vida se dividiera en periodos de un año en diferentes partes, por lo que no podía estar atado a una persona en alguna de ellas, porque eso podía hacerlo cambiar de opinión y dejar lo que ya había planeado tan bien.

Miró la puerta, tal vez por ella valía la pena sacrificar un poco esas cosas, tal vez ese era el momento en el que él tenía que tomar la decisión importante y hacer algo para cambiar las cosas, omitir esa fuerza externa y…no, no tenía caso.

Se tiró en el sillón y cerró los ojos, tenía que olvidarlo, simplemente fingir que nada de eso había pasado.

No supo cuanto tiempo duro con los ojos cerrados en ese sillón, pero si recuerda cuando se abrió la puerta, y sin abrir los ojos escucho.

-No ibas a venir corriendo detrás de mi ¿verdad?

-Lo iba a hacer.

-Sí, pero fui yo la que tuvo que regresar.

-Si regresaste fue porque entonces si te gusto.

-Y si tu no te fuiste entonces significa lo mismo.

lunes, 26 de marzo de 2012

Un día muy diferente


Terminó de redactar la historia después de una noche completa de trabajo.

Soltó el lápiz y lo dejo a un lado del cuaderno. Prefería escribir sus historias de la manera antigua. Para él tenía más significado una historia escrita con la propia mano; tenía la idea de que el formato digital solo hacia perder el verdadero sentimiento que se tiene cuando se escribe una historia. A la que le das tu propio pulso con el lápiz, y con el que puedes imprimir las emociones que tienes en el papel.

Era una historia corta, no eran mas de 10 paginas pero para el tenían un significado especial. Siempre había admirado  a las personas que escribían, y se lamentaba de que el no tuviera esa habilidad, sin embargo lo intentaba de vez en cuando. Siempre dejaba las historias a medias, muchas veces ni siquiera podía empezar a escribir porque se distraía o se desesperaba cuando no le llegaba ninguna buena historia a la cabeza.

Releyó las páginas. Sentía cierta emoción cuando se daba cuenta de que había podido plasmar sus ideas de tal manera que cualquier persona pudiera entenderlas y sentirlas.

De repente un miedo intenso se apodero de él. Si alguien llegaba a leer eso se enteraría de sus sentimientos. En ese momento la idea de hacer eso público lo hizo apenarse. Se puso rojo mientras veía las letras escritas con lápiz. Se imagino a su padre leyendo la historia y reprobando sus sentimientos, a su mejor amigo burlándose de lo que había escrito, y peor aun, a ella riéndose de las cosas que estaban en ese papel.

Pensó en destruirlo. ¿Cómo podía haber gente que publicara esas cosas sin que le importara lo que pensaran de ellos? Se molestó consigo mismo por haber pensado si quiera en la idea de hacer eso público. Tenia que destruirlo. Pero, ¿cómo destruiría su única historia completa escrita? No podía hacer una cosa como esa, tal vez seria mejor esconderlo en alguna parte donde supiera que nadie lo leería.

Empezó a caminar por su habitación con las hojas en la mano, pensando cual seria el mejor lugar para guardar ese que seria su mayor secreto. Tendría que ser un lugar inteligente, algo donde pudiera guardar otras historias si en algún momento se volvía a inspirar como esa noche.

Miro los cajones de su cuarto, su cama. Todos esos lugares eran tan típicos que cualquier persona los encontraría. De igual manera sentía que ningún lugar sería lo suficientemente bueno como para esconder ese secreto. Sentía que las hojas que tenía en la mano podrían ser descubiertas en cualquier momento por alguien, era como si sólo por ser un secreto las posibilidades de que lo encontraran aumentarán.

Entonces se le ocurrió la idea. Debía d esconderlo entre más papeles, para que pareciera algo sin importancia. Pero entonces una pequeña idea lo hizo cambiar de opinión ¿Y qué si su madre algún día limpiando su cuarto se encontraba con los papeles y decidía tirarlos?  No, esa no era la solución.

Miró su computadora. Quizás si lograba escribirlo y convertirlo a un formato digital sería más sencillo ocultarlo, de esa manera podría guardarlo en la carpeta más escondida de su computadora y tendría acceso a él cuantas veces quisiera.

Se sentó rápidamente y escribió cada palabra justo como la había escrito en el papel. No quería pasarlo a la computadora pero al parecer era la única forma de esconder por completo aquella historia que guardaba su mayor secreto. Lo escribiría todo, lo guardaría en su computadora y después podría destruir aquellas hojas.

Después de una hora de trabajo logró redactar su historia en la computadora, y hasta aprovechó el momento para hacerle unas cuantas modificaciones que mejoraban la historia.

Vio con orgullo las 3, 756 palabras que conformaban su historia, ahora en la computadora eran menos páginas que las que había escrito a mano, pero seguía siendo algo muy aceptable.

Releyó la historia, a fin de cuentas no era tan mala, y era su mejor trabajo, de hecho era su único trabajo completo, no podía simplemente esconderlo, ¿pero que podía hacer con él? Pensó publicarlo en alguna parte, pero no conocía ningún lugar.

Abrió rápidamente el internet y busco. Facebook, no, mala idea, cualquiera podría leerlo ahí, y eso era exactamente lo que no quería.

Se levantó de su silla y miró por la ventana, a pocas casas de la suya vivía aquella mujer que lo había inspirado a escribir cada una de esas páginas, pero ella no debería de leer ninguna de esas palabras, podría destruir su vida.

Volteó hacía la computadora, ahí mismo estaban las hojas. Corrió y las agarró, como si haberlas dejado esos pocos minutos en su escritorio podía hacer que alguien más las leyera.  

Se volvió a sentar, pasando las hojas de cuaderno donde su letra sucia relataba aquella historia de como un chico se enamoraba de una chica que no lo quería, y que con el tiempo se convertían en amigos, pero sin que ella sintiera algo especial por él.

No podía negar que la historia estaba basada en casi todo lo que le había pasado a él. El final del cuento era lo que el deseaba, un final perfecto para aquella relación. O tal vez no. Pensó durante un tiempo, tal vez las cosas no serían tan perfectas como decía su cuento.

Leyó las últimas tres páginas, y se dio cuenta de que el final no era tan bueno como había esperado, era un final demasiado feliz y perfecto, y de alguna manera hacía parecer que ni siquiera valía la pena escribir la historia, porque todos podían imaginárselo. Tenía que cambiarlo.

Abrió de nuevo el archivo donde tenía el cuento en su computadora y empezó a teclear. Las ideas fluyeron solas, no tenía en realidad el final en mente pero conforme desarrolló esos últimos momentos donde la historia empezaba a morir un final diferente se le ocurrió.

Volvió a leer el cuento completo, ahora parecía una historia diferente. El final le daba ese toque especial que no se había dado cuenta que le hacía falta.

Miró el reloj, eran las 4 de la mañana, no faltaba mucho para que empezara a amanecer.  Pero el cuento seguía ahí, esperándolo a que hiciera algo más con él.

Ahora que la historia era diferente tal vez ya no importaría tanto que alguien más la leyera, de cualquier manera las cosas se escriben para ser leídas.

En ese momento volvió a imaginar a sus amigos leyendo la historia; los veía a todos burlándose de la historia tan mediocre que había escrito. Luego la imaginó a ella leyendo y preguntándole si era una historia de verdad, o peor aún, que a pesar del cambio supiera que se trataba de ella.

Cerró el documento y apago la computadora. No podía seguir viendo eso. Se tiró a la cama, pero no durmió, no podía ni quería hacerlo. Ese cuento seguía dándole vuelta en la cabeza. Tal vez hubiera sido mejor idea destruirlo desde un principio y dejar de preocuparse por él.

Se volteó y miró al techo, ¿por qué había empezado a escribirlo? Recordó que la había visto en la escuela, pero era diferente, ese día tenía pensado decirle que le gustaba. Pero no pudo, algo lo detuvo, miedo. Miedo a que lo rechazara. Llego a su casa enojado consigo mismo por no poder haberle dicho una cosa como esa, y por eso se había puesto a escribir, para que su personaje si pudiera hacerlo, para que la persona en esa historia fuera capaz de tener todo el orgullo que él no tenía.  Y para que esa chica del cuento no lo rechazara y se fuera con él. O por lo menos en la versión original, porque después del cambio que le hizo las cosas terminaban de una manera diferente.

Se volvió a levantar y vio las hojas una vez más. Tal vez lo mejor era darle la historia a ella, podría ser su forma de decirle que le gustaba. Pero la simple idea de verla leyendo eso lo hizo ponerse rojo.

Tiro las hojas por la habitación, y volvió a mirar por la ventana. ¿Por qué era tan difícil? Sólo tenía que ir con ella y decirle que le gustaba, ¿por qué su personaje era capaz de hacerlo y no él?

Volvió a mirar las hojas. Las recogió una por una y las volvió a acomodar en el escritorio. Prendió la computadora y releyó la historia que tenía ahí, tal vez lo mejor sería publicarlo, no para que ella lo leyera, simplemente para desahogar toda la tensión que había provocado en él.

Entró a su cuenta y abrió la sección de notas. Era tan fácil, solo copiar y pegar, y cada una de las 4,087 palabras se copiaría de una manera casi instantánea, y entonces al momento de presionar el botón de publicar ya no sería su problema.

Antes de presionar el botón dudó, tal vez no era la mejor opción, ¿qué fin tenía que la gente leyera aquella historia? ¿Por qué tenía que decirle a todos esos “amigos” lo que en realidad sentía? No tenía ningún caso. Cerró la página, esa gente no tenía por qué enterarse de lo que sentía, mucho menos que les importara.

Volvió a acostarse, pero otra vez no pudo dormir, el cuento seguía en su cabeza, los diálogos, los momentos, aquellos dos personajes que intentaron estar juntos pero no pudieron. ¿Sería su historia así si se lo decía? Tal vez, pero de cierta manera sus personajes habían terminado bien, tal vez no volverían a ser amigos, pero se podrían saludar en la calle; no era tan malo ese final, incluso para su propia historia.

Abrió una vez más la página de internet y pegó la historia, después de todo era simplemente una historia, un cuento, no era una declaración de sus sentimientos. Y si las personas llegaban a pensarlo ¿qué importaba? No tenía por qué preocuparse por eso.

Esta vez no dudó y presiono el botón. En un instante el editor de texto se había convertido en una página donde estaba cada palabra de su cuento, y donde en tan poco tiempo cualquiera podría leerlo.

En ese momento entro presa del pánico. ¡¿Cómo se había atrevido a hacer algo así?! ¿En qué momento se había convencido a si mismo de que esa era una buena idea? No lo era, era una pésima idea, no tenía por qué hacerlo, esa gente no tenía por qué importarles lo que el sentía, y el mucho menos tenía que decirlo. Probablemente al día siguiente todos se estarían riendo de su cuento, burlándose de él y de sus sentimientos escondidos por su amiga.

Buscó una forma de eliminar aquella página, quería desaparecerla que nadie la viera nunca, que fuera un cuento sólo para él, que nadie más tuviera acceso a sus sentimientos.

En ese momento un comentario apareció en la página “¡Vaya! Buena historia. Sigue escribiendo”. ¿Era posible? No era burla, no era crítica, le habían dicho que su historia era buena. A los pocos segundos recibió otro comentario “Que buena manera de empezar el día, nada como leer un buen cuento”.

¿Empezar el día? Miró el reloj, eran las 6 30 de la mañana, en menos de una hora tenía que estar en clase.

Vio la página donde estaba su cuento, después de ese otros comentarios empezaron a aparecer, pero no los leyó, apagó la computadora y dejó los papeles en el escritorio. Se tiró en la cama y durmió poco antes de ir a la escuela.

Se sentía bien, en ese momento las ideas que tenía en contra de publicar aquel cuento le parecieron ridículas, escribir era una buena manera para desahogarse.

Ese día sería muy diferente a los demás.

sábado, 11 de diciembre de 2010

Vacaciones de Invierno

-¿Sabes que odio?.-ni siquiera respondí, solo un leve sonido que salió de mi boca- Odio que todas las vacaciones de invierno sean lo mismo, digo, yo sé que son épocas familiares, y es cuando uno está cerca de los que quiere, pero a veces me gustaría hacer algo más.

-¿Cómo qué?-dije todavía con los ojos cerrados y acostado mientras ella jugaba con mi cabello.

-No lo sé, cualquier cosa. Estoy harta de pasar año nuevo en cualquier antro-bar que se haya puesto de moda para esas fechas. Debe de haber algo más, ¿no crees?

-Puedes, quedarte en tu casa.-dije después de un silencio- O en la mía.

-Muy gracioso, no realmente quiero hacer algo, una aventura, salir, buscar otra cosa.

-¿Otra cosa? No hay nada para hacer aquí.

-Entonces, vayamos a otra parte.

-¿Estás loca? Te imaginas todo lo que nos va a costar, además no creo que me dejen.

-Tienes razón, ni a mí. Es solo que a veces quisiera cambiar las cosas, te juro que estas vacaciones de verano voy a hacer algo que jamás he hecho, y va a ser totalmente diferente.

-Ahmmm, no lo sé, se me antojan más las vacaciones de invierno para hacer algo diferente.

-Tienes razón, a mí también.

Hubo un gran silencio, y en ese preciso momento se me ocurrió.

-Vámonos.

-¿Qué?

-Vámonos, ya, en este momento.-dije levantándome del sillón, y poniéndome la chamarra.

-¿A dónde?

-No lo sé, Torreón, Saltillo…¡Zacatecas! ¡Vamos a Zacatecas! Te va a encantar, es justo lo que te gusta, una ciudad colonial, con callejones y…

-Andrés, ¿estás loco? Digo, me encantaría, pero…

-Pero ¿qué? Tu misma lo dijiste, quieres hacer algo diferente estas vacaciones, pues hagámoslo, en el centro de la ciudad hay unos hostales donde nos podemos quedar, puedo llenar el tanque de  la camioneta y…

-Pero…no podemos irnos así como así, no se tu pero yo tengo familia que se preocupa por mí.

-Diles que…diles que…pasaremos el fin de año en Chihuahua con mis primos, así no tienes por qué regresar al día siguiente.

-Pero, ¿qué vamos a hacer allá?

-No sé, solo vamos, eso es lo interesante, además es una ciudad tiene que tener algún lugar donde divertirse, ¿no?

-Creo que…¡tienes razón! ¡Vámonos! Solo deja agarro mi ipod, y un libro. Espera…¿ropa?

-Uhmmmm, buena pregunta-me quede pensando mientras ella se metía a su cuarto- ¡No! Así déjalo, ya veremos qué podemos hacer.

Salió de su cuarto sin nada más que un libro y una chamarra, me sonrió y se acercó.

-¿Estás seguro de esto?

-La verdad no, pero estoy tratando de hacer que nuestras vacaciones sean diferentes a las de todos los años.

martes, 23 de noviembre de 2010

En la puerta de su casa


Una idea tonta, ¿en qué momento se me había ocurrido?
Camine lentamente hacia la puerta. Cada paso que daba me hacía dudar más, como si en algún momento fuera a entrar en razón y me diera la media vuelta olvidándome de todo, pero cuando menos me di cuenta ya estaba frente a la puerta. Empecé a temblar, no sé si por miedo, nervios o frio pero estoy segura de que empecé a temblar. Me sentía un poco ridícula, temblando frente a su puerta sin saber exactamente qué estaba haciendo ahí.
Levante la mano lentamente y di tres toquidos a la puerta, suaves casi como queriendo que no los escucharan. Pero era muy tarde, escuche que alguien gritaba algo y luego pasos dentro de la casa dirigiéndose a la puerta. Mi corazón empezó a acelerarse, sentía una pequeña sensación, y luego sentí ganas de abrir la puerta y decirle todo, absolutamente todo. Abrió la puerta una niña, no pasaba de los doce años.
-¿Sí?
-Hola, ¿está tu hermano?-le pregunte con una voz un poco temblorosa.
-Sí-se quedó callada y hubo un silencio un tanto incómodo.
-¿Puedes hablarle?-asintió y se metió a la casa gritándole a su hermano, oí pasos bajando escaleras, me puse nerviosa ahora si sería él. Abrió la puerta, y ahí estaba, sorprendida un poco de verme ahí.
-¿Paola?- Me puse nerviosa, era, creo, la primera vez que lo escuchaba decir mi nombre, no era realmente como me lo imaginaba, pero era algo, abrí la boca pero no salió nada de ella.-¿Qué haces aquí?-pregunto mientras no dejaba de observarme.
-Esque…pasaba por aquí…y…-sentía como mi lengua se pisaba y no se entendía nada de lo que decía.-Y…pensé….en… ¡Hola!-dije sonriendo y saludándolo con la mano.
Se rió fuertemente, en ese momento empecé a ponerme roja, sentía como la cara se me empezaba a calentar, y como los ojos se me empezaban a poner vidriosos por el mismo calor de mi cara. Balbuceé y no pude decir nada, el siguió riendo no era una risa burlona, pero era diferente.
-¿A decir hola?-dijo el cuándo dejo de reír. No supe que decir, me quede callada y se puso un poco más serio.-Entiendo, hola también, ¿nomas a eso viniste?
Estaba parado ahí enfrente de mí, viéndome, yo seguía totalmente roja, lo podía sentir, veía como sus ojos pasaban por mis mejillas y luego a mis ojos.
Di un paso para atrás, y luego me di la media vuelta y empecé a caminar, cuando había avanzado unos pasos lo escuche gritar.
-Está bien, perdón Paola, no sé qué me paso, ven por favor.-Seguí caminando, escuche sus pasos detrás de mí, y luego sentí su brazo detenerme.-Paola, perdón, no quería reírme, pero no sé, perdón.
Volteé a verlo con unos ojos brillosos, una lágrima corría por mi mejilla cuando me detuvo.
-No…necesitas pedir perdón, me voy.-dije yo entre sollozos, pero su brazo me seguía deteniendo.-Suéltame.
Hizo que me volteara a verlo, esquive sus ojos para que no me viera llorando.
-Discúlpame, no era mi intención hacerte sentir así, en serio.-lo mire a los ojos y vi algo de sinceridad en sus ojos.
-Está bien, tal vez exagere un poco.
-Que linda, por venir a decir hola nadamas.-dijo el sin soltarme el brazo, pero sujetándolo más ligeramente.
-Bueno no es lo único que venía a decir.-dije un poco más tranquila.
-¿Entonces?
-También quería decirte que, me agradas.-dije mientras me volvía a poner roja.
-Tú también me agradas, aunque no te conozca muy bien.-sonrió, pero no había entendido.
-No, realmente me agradas.-le dije viéndolo directamente a los ojos por primera vez.
-Ouch, eso cambia el asunto.-dijo el soltándome el brazo.
-Creo que no te lo debí de haber dicho.-dije mientras miraba al piso.
-No, está bien, es importante que lo digas, malo fuera que te lo quedaras guardado, es solo que no puedo decir lo mismo.
-Entiendo, solo quería decírtelo.
-Gracias, supongo que es muy importante para ti, y para mí lo es también.
-Está bien, entonces tengo que irme, solo…quería decir eso.
-Que te vaya bien, entonces, y lo siento por no poder darte lo que buscas.
-No te preocupes, no siempre se puede tener lo que uno quiere.
Me alejé molesta, ¿Cómo era capaz de decir eso sin siquiera conocerme realmente? Apenas sabía mi nombre.
-¡Paola!-volteé cuando grito mi nombre.- Encontraras a alguien mejor.
Sonreí y me alejé.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Fragmento


Un pequeño fragmento de un cuento que estoy escribiendo:
Solo era una silla, nada mas, no tenía por qué ser tan importante.
Se acercó a ella, realmente no tenía nada especial, cuatro patas, hecha de madera, vieja por lo visto, crujía un poco al momento de sentarse, no era muy cómoda, sin duda en sus tiempos debió de haber sido una silla barata, ahora no costaba ni un décimo de su precio original, se notaba que la habían pintado varias veces, quizás para aumentarle su valor, tenía astillas y un diseño muy antiguo, no tenía nada especial, absolutamente nada. Pero era tan intrigante.
La toco con una mano, o por lo menos eso intento, pero se detuvo a escasos centímetros de ella, como si algo le impidiera tocarla, quería sentir la madera bajo sus dedos, las astillas, pero no pudo, algo se lo impidió.
Volteo la mirada para no verla, incluso el verla le molestaba, le desesperaba, no era más que una silla, ¿Por qué tenía que elegir esa? ¿Qué tenía de especial?
Se oyeron pasos en el piso de arriba, volteo su cabeza y miro el techo hasta que los pasos pararon, casi justo en su cabeza, dejo de voltear y recordó la silla, seguía ahí, ajena a todo lo que ocurría alrededor de ella, como si todo lo que no fuera ella no importara absolutamente nada, y para él así era, o por lo menos así parecía en ese momento.
Estiró la mano una vez más, ahora sí estaba decidido a tocarla, soltó un suspiro y se alejó. Simplemente no podía, era imposible para él en ese momento. Camino hacía la ventana, afuera la ciudad seguía su rumbo, fuera de él, fuera de la silla, fuera de ese cuarto.
Los pasos se volvieron a oír en el piso de arriba, esta vez con mayor estruendo, cada paso que se escuchaba era más fuerte que el anterior, después alcanzó a escuchar una puerta, y después pasos bajando la escalera. Volteó hacía el pasillo que llevaba a las escaleras y apareció. Su miradas se cruzaron él asintió y ella siguió su camino a la puerta, soltó un leve murmullo y salió.
Él la siguió por la ventana, la vio caminar por la calle, saludar a unas cuantas personas y desaparecer al doblar la esquina. Después de eso la casa se volvió totalmente silenciosa, y eso solo acrecentaba la esencia de la silla que ahora estaba a sus espaldas.
La vio fijamente, no era más que una silla, no tenía por qué intrigarle tanto, se dirigió decidido a ella y a escasos centímetros estiro la mano, el contacto de la madera rasposa en sus dedos le hizo darse cuenta de lo que estaba haciendo, la sujeto fuertemente, se sentía muy rugosa, se podían distinguir algunas astillas, sentía hasta el color, ese café despintado y vuelto a pintar tantas veces, un disfraz para hacerla parecer algo que hace mucho tiempo dejo de ser. Puso la otra mano sobre ella y después algo atrevido surgió en su cabeza, sentarse. ¿Por qué no? Para eso estaba hecha, y de eso funciono tanto tiempo. Se sentó rápidamente, sin pensarlo, pero en el momento en que su cuerpo descanso se arrepintió de haberlo hecho, una gran depresión se apodero de él, tantas cosas tantas palabras, recuerdos, sentimientos volvieron a su mente.
Se levantó rápidamente, no se atrevía a mirar a la silla, había roto su promesa, una promesa que había tratado de mantener desde el día que la hizo y en ese momento había desperdiciado todo ese tiempo, como si nada más importara realmente.

miércoles, 11 de agosto de 2010

Algo que escribi

Bueno si frecuentan un poco el blog se darán cuenta de muchos cambios, para empezar hay una nueva entrada, cambie el diseño ya que ahora la página te permite personalizar más los diseños del blog lo cual me da mucha más libertad, y aun así siento que ha quedado algo simple, pero bueno; elimine y agregue unas cosas pero nada importante solo cosas que ya no valia la pena tener; hace mucho quite la música del blog porque supongo que era molesto entrar a la página y escuchar música de otra persona, así que considere que no era necesaria. Sobre todo lo demás el blog sigue igual solo con esos cambios, y hoy tengo ganas de escribir, solo espero que se me ocurra algo interesante de qué hablar.

Últimamente he tratado de cuidar más mi ortografía, de tal manera que cada vez es menos lo que necesito el corrector de Word, sin embargo sigo utilizándolo, por respeto a los lectores que se fijan en eso, siento que es algo muy importante.

Y por último, me acabo de dar cuenta de que he llegado a 15 mil visitas, así que no puedo más que agradecerles por seguir visitando el blog, escribir me ayuda mucho pero saber que les gusta me ayuda también.

Y últimamente he recibido la visita de una lectora que se dedicó a leer todo mi blog, o por lo menos la mayoría de mis entradas, quiero agradecerle a Lectora Divertida, sea quien sea, por haberse tomado el tiempo de comentar las entradas; supongo que algunos habrán hecho lo mismo pero ella se dedicó también a comentar todas las entradas.

Ahora ya, suficiente de cosas que realmente no les interesa, como dije antes no tengo nada seguro de que escribir, como siempre así que supongo que algo saldrá con el tiempo.

Volví a la escuela, como muchos de ustedes supongo, algunos puede que sea su primer año en otro nivel educativo, otros puede que sea su ultimo, otros incluso pueden ya no estar en la escuela, pero bueno la vida sigue y realmente no se detiene fácilmente, o mejor dicho, no se detiene.

Bueno, creo que publicare una parte de algo que estoy escribiendo, espero les guste:

El sonido de la tele era lo único que se oía en la habitación. Era invierno, uno de los más fríos y nevados desde que me había cambiado a esa ciudad, algo raro por esos lugares en los cuales no eran comunes esas temperaturas. ¿Consecuencia del calentamiento global? Ni idea, pero creí que la principal consecuencia es que todo sería más caliente, pero probablemente algo se habría movido en el equilibrio del planeta y habría originado ese cambio climático. ¡Yo que sé!, el termómetro indicaba diez grados bajo cero, y afuera la nieve inundaba la ciudad.

Era una tarde de enero, no había mucho que hacer; el trabajo se tomaba sus vacaciones al igual que yo; la empresa del cine parecía estar invernando por esas fechas, los estrenos del año ya se habían producido y se empezaban a buscar los guiones para las películas del verano, por lo tanto no había trabajo para un editor de post producción; aunque de vez en cuando se aparecían ocho o nueve películas que editar durante el resto del año. Generalmente mis fechas fuertes de trabajo eran junio y diciembre donde más que nunca tenía que trabajar con varios proyectos al mismo tiempo para poder terminar con lo que la productora me pedía. Pero, todo por ver mi nombre en los créditos.

Cambiaba de canal sin mucho interés por lo que se veía en la tele, la verdad es que no tenía planeado nada para ese día y esperaba encontrarme con alguna buena película en la tele, o una serie que nunca me haya dado cuenta de que existía y descubriera en ella un escape de la realidad.

Estaba acostado en el sillón que estaba en el centro de mi sala, bueno si es que a eso se le podía llamar sala; aparte del sillón una mesa de vidrio estaba enfrente donde había una lata de refresco vacía, y pegado a la pared la caja que tanto tiempo me había quitado, o como algunos prefieren llamarle Televisión.

Mi depa de soltero era sin lugar a dudas eso que soñé cuando era chico. No era muy grande, una habitación, un baño, una “cocina” y una estancia. La había decorado con un estilo minimalista, algo muy común pero le había dado mi toque especial al darle un ambiente retro de los 60’s. Bueno, según yo.

Batalle mucho en encontrar un lugar como ese, en los últimos 2 años que tenía viviendo en la ciudad había estado en 3 edificios diferentes, y por fin había encontrado un lugar donde había permanecido más de 6 meses sin ningún incidente. Esta vez estaba en el 6 piso de un edificio de 15 plantas. Yo era el vecino número 6, el más nuevo en la estructura y aquel que su nombre aún no estaba grabado en el intercomunicador de la planta baja. Si llegabas a aquel lugar buscando a alguien verías un intercomunicador con 15 botones, 14 de ellos con un nombre grabado en metal que le daba un estilo muy elegante; sin embargo el botón numero 6 dictaba “Rafael Coronel” en un papel escrito a mano por el dueño de los departamentos. Ni mi nombre completo había podido escribir el hombre.

-Rafael Arturo Coronel Reyes- le dije señalando el papel en el que solo había escrito Rafael Coronel.

-No te preocupes muchacho-me dijo dejando la pluma a un lado el día en que el contrato se había hecho oficial y ya era parte de la comunidad que vivía en esos departamentos.- Cuando vienen a buscar a alguien saben por quién vienen, no andan por aquí buscando a ver a quien se encuentran. Además no creo que haya muchos Rafaeles en este edificio, eres el único que ha vivido por aquí.

Decidí dejar las cosas así, no tenía caso pelear por algo en lo que estaba vencido. El dueño del edificio era un hombre chaparro, con bigote y algo calvo, el típico casero que todos debemos tener alguna vez en nuestras vidas. Era muy responsable, eso sí, pero su carácter era un poco fuerte en cuestión de contradecirlo, y en esos momentos lo único que quería hacer era descansar.

La mudanza me llevo un buen tiempo, aunque por suerte muchas de mis cosas estaban ya empacadas, la última mudanza no había tenido muchos meses de diferencia a esta, y aun no terminaba de desempacar todo cuando otra vez tuve que cambiar de edificio.

Pero de eso ya había pasado mucho tiempo y muchas cosas. Ya no había nada empacado y por fin, después de tantos meses, me pude declarar oficialmente mudado en mi nuevo departamento, y me volví por fin libre de todas preocupaciones con respecto a buscar una nueva casa, hasta donde yo sabía, ese sería mi hogar por un buen periodo de tiempo.

Seguí buscando algo en la televisión, siendo sinceros nunca fui muy fanático de ella; mi tiempo lo pasaba tratando de distraerme en otras cosas, mujeres, libros, música. Realmente la tele no tenía mucho para ofrecerme, por eso no me agradaba mucho desperdiciar mi día en ella. Y ese día había reafirmado mis suposiciones, no había nada que ver, la mejor prueba de eso eran las diez vueltas que le había dado ya a toda la programación que el cable me permitía, en donde no había encontrado nada interesante para ver.

Deje el tiempo pasar, lo único que quería era que algo interesante surgiera, pero los últimos días me habían enseñado que esas cosas no pasan tan de repente en la vida real, y que son situaciones que solo se ven en las películas y series de televisión.

Mire el reloj que estaba colgado en la pared de la cocina; las agujas señalaban 3:24. Faltaba tanto para que se acabara el día que me estresaba, tendría que encontrar algo que hacer para matar el tiempo.

Me levante de mi lugar un poco entumecido, estar en la misma posición por más de una hora puede ser un problema para el sistema motriz. Estire un poco los brazos y las piernas y me levante para buscar el teléfono.